El legado de los vigilantes de la playa. Ahogamiento a gritos y otras atrocidades. Sólo nos queda la evidencia
Baywatch, la serie televisiva conocida en España como Los vigilantes de la playa y en Latinoamérica Guardianes de la bahía, cambió nuestra mente especialmente a principios de los 90. Esta serie emitida en 148 países y con audiencias semanales de 1.100 millones de espectadores1 nos introdujo en un ideario de ficción, en el que el ahogamiento existía. Ahogados que se desesperaban gritando para ser rescatados, incluso ahogados violentos que tenían que ser golpeados para que se “dejasen rescatar” a pesar de que se iban a morir y, socorristas más propios de la Isla de las Tentaciones que de cualquier playa o piscina española. Esta ficción se convirtió en mito2 y la gente se lo creyó.
En el 2022, Sánchez-LLoria et al.3 publicó un trabajo que concluía que la mayor parte de los niños se ahogan por falta de supervisión y, en la lectura de numerosas historias clínicas, los cuidadores manifestaron que no los escucharon pedir ayuda, porque seguimos esperando que alguien grite socorro cuando se ahoga. Lo cierto es que, durante el proceso de ahogamiento, nadie alza la voz, porque es sutil, silencioso y dura poco tiempo4, como media unos 90 segundos5 que, en términos de actividad cotidiana, equivale a una llamada telefónica breve, a cepillarse los dientes, a calentar la comida en el microondas o a ver un par de historias en alguna red social.
Pero entre tantas atrocidades (desde una perspectiva científica), este ideario de hace tres décadas todavía se resiste a desaparecer. Hoy en día los problemas pasados que siguen siendo actuales. La serie mostraba bañistas imprudentes, adultos que no prestaban una correcta vigilancia a sus hijos, gente alcoholizada entrando en el agua, saltando desde grandes alturas y omisiones de las reglas principales de convivencia, que desencadenaban diferentes incidentes acuáticos. En la versión moderna, se puede incluir el uso del móvil durante la supervisión de los más pequeños, los selfis en temporales o acantilados, las raves acuáticas impregnadas de alcohol en veleros veraniegos, dejar la seguridad en el agua en “manos” de un flotador o unos manguitos, verse envuelto en corrientes de retorno a pesar de que cada vez son más los lugares que las balizan y señalizan, alquilar una embarcación (como motos de agua) sin tener ni idea de navegación, o bañarse sin importar la bandera roja, porque ya todo el mundo sabe (cree saber) nadar.
Ante la magnitud del problema (en cada lugar con sus peculiaridades), por primera vez la Asamblea General de las Naciones Unidas el 28 de abril de 20216 promovió una resolución para luchar contra pandemia silenciosa, declarando el 25 de julio como día mundial de prevención del ahogamiento, apoyada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) creando el lema “cualquiera puede ahogarse, a nadie debería sucederle”, que, en términos de país, nos iríamos a la expresión superlativa… y en España más, porque tenemos un verdadero problema de salud pública que mata entre 400 y 600 personas cada año7. Por cada persona que fallece ahogada, se estima que entre 3 y 5 personas, reciben cuidados en los servicios de urgencias por un incidente relacionado con el agua4, lo que implica que entre la atención prehospitalaria y hospitalaria podría suponer una horquilla asistencial entre 1.200 y 3.000 personas anuales, en un país que cuenta con 3.551 playas, además de numerosos lugares de baño en aguas continentales distribuidos en los más de 75.000 km de cauces fluviales. Además, se estima que en España hay 1,2 millones de piscinas (públicas, privadas comunitarias y privadas particulares), aproximadamente 1 piscina por cada 35 habitantes8. Esto supone una gran exposición, latente e invisibilizada durante casi todo el año y que explota con la llegada del verano, en la que se concentra casi el 75% de los ahogamientos3.
Pero este fenómeno ya no sólo se centra en el ocio veraniego. Los desastres relacionados con inundaciones también provocan muertes en corrientes de agua, es el caso la Depresión Aislada en Niveles Altos (DANA) que afectó dramáticamente a Valencia el 29 de octubre de 2024 en la que fallecieron 228 personas. Las inundaciones son el tipo más común de desastre natural y la principal causa de mortalidad en desastres, y el ahogamiento es la principal causa de muerte durante las inundaciones9. El cambio climático va a favorecer el incremento de este tipo de sucesos y por tanto el número de personas expuestas. Esto va a suponer un nuevo reto tanto en las medidas preventivas, como en la respuesta de los servicios de emergencias.
Ante este panorama, todavía queda esperanza que reside en la evidencia científica. En los últimos coletazos de los Baywatch, por el 1999 se publicó en la Universidad de A Coruña la primera tesis española sobre salvamento acuático10, del Dr. José Palacios Aguilar y desde entonces, la producción científica en este ámbito ha crecido exponencialmente. En 2016, la Sociedad Española de Urgencias y Emergencias (SEMES) apoyó la creación de un grupo de trabajo denominado SEMES-SOCORRISMO. Este grupo multidisciplinar compuesto por socorristas, médicos, enfermeras y técnicos en emergencias sanitarias tiene la finalidad de promover las buenas prácticas basadas en la evidencia científica, centrado específicamente en dos perfiles: los ciudadanos y los servicios de urgencias y emergencias, fundamentado en dos ideas generales: qué es el ahogamiento y cómo lo evitamos.
¿Qué es ahogamiento? La definición globalmente aceptada se refiere al “proceso por el que se experimenta una dificultad para respirar causada por sumersión o inmersión en un líquido”11. El ahogamiento tiene dos posibles resultados: muerte, denominado ahogamiento fatal, o supervivencia con o sin morbilidad, denominado ahogamiento no fatal4, por lo que en la actualidad términos como casi-ahogado, ahogado seco o ahogado azul/blanco, se consideran obsoletos y ya no deberían usarse2,4. La gravedad del ahogamiento se describe en 6 grados de menor a mayor intensidad4: grado 1 hay algo de tos y sin espuma en vía aérea. La persona se evalúa in situ, se recupera in situ (a menudo en el puesto de socorrismo) y se le da el alta tras 15 minutos si todo es normal. La supervivencia es del 100%. Grado 2. Se encuentra una poca espuma en la vía aérea, tos, y estertores en algunos campos pulmonares. Es necesario la aplicación de oxígeno a bajo flujo. Este caso ya requiere derivación a urgencias. En el grado 3 la persona ya se considera crítica, existe edema agudo de pulmón, espuma abundante en vía aérea y estertores en todos los campos pulmonares. Todavía la tensión arterial es normal, pero ya requiere oxígeno de alto flujo. Esta persona se derivará a urgencias y probablemente ingrese en cuidados intensivos (UCI), aunque el pronóstico es muy favorable ya que la supervivencia ronda el 95-96%. El ahogado grado 4 es crítico, y presenta las mismas condiciones que el 3, pero con hipotensión o shock. Ingresará en UCI y la supervivencia cae al 78-82%. El grado 5 es la parada respiratoria, y su tratamiento, a menudo en el agua, requiere ventilaciones de rescate; esto puede multiplicar por tres la supervivencia12. El grado 6, consiste en la parada cardiorrespiratoria, a menudo ya en tierra firme, en la que se aplicará el protocolo de reanimación completo.

La brecha científica de conocimiento sigue siendo cómo evitarlo y la cadena de supervivencia del ahogamiento13 es el marco de referencia de las diferentes intervenciones que tienen como finalidad reducir el impacto de los incidentes acuáticos. Está comúnmente aceptado que el coste-beneficio de la prevención es superior al resto de los demás eslabones, por lo que en el año 2021 el grupo de trabajo SEMES SOCORRISMO adaptó el pictograma original con el permiso del autor principal (Dr. David Szpilman), representando gráficamente de mayor a menor tamaño el peso de cada eslabón en las diferentes intervenciones prehospitalarias14 (Figura 1), que debería entenderse en conjunto de riesgos y con las recomendaciones de la OMS para prevenir ahogamientos: 1) vigilancia directa de los menores de 6 años, 2) barreras físicas en las piscinas para evitar el acceso al agua, 3) favorecer el aprendizaje de las habilidades básicas de natación, 4) la formación y entrenamiento en seguridad acuática (mejor en la escuela), 5) el rescate seguro, 6) las regulaciones para el transporte marítimo, 6) la gestión de riesgos en inundaciones y 7) el aprendizaje universal de la reanimación cardiopulmonar (RCP)15.
En conclusión, a pesar de todas las atrocidades no reales descritas Los Vigilantes de La Playa, desde un punto de vista clínico, no todo fue un error; visibilizó el ahogamiento e introdujo el concepto del “boca a boca primero” o llamado en el argot de la reanimación, las ventilaciones de rescate, como el estándar de oro en la parada de origen asfíctico. Pero, sobre todo, también mostró el mínimo riesgo de morir en playas vigiladas por guardavidas, algo que corrobora la ciencia4. Sin embargo, la serie se basaba en una respuesta reactiva (los socorristas salvaban a todos), si bien el paradigma actual es la anticipación, basada en la prevención activa. Y, cuando todo falla, el objetivo será detener el proceso cuanto antes con un rescate rápido, seguro y profesional, combatiendo la hipoxia de la forma más precoz y con toda la evidencia científica que soporta las intervenciones en este tipo de emergencia, aunque sea diferente a lo que vemos en televisión.
Autor: Roberto Barcala Furelos. Grupo de investigación REMOSS. Facultad de CC. de la Educación y el Deporte, Universidade de Vigo, Pontevedra, España. Grupo de trabajo SEMES-SOCORRISMO. Sociedad Española de Urgencias y Emergencias, España.
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